En el debate sobre la eutanasia escuchamos constantemente que toda persona tiene derecho a una vida digna. Eso es verdad. La pregunta es entonces: ¿de qué depende una vida digna? Gran parte de los argumentos a favor de la eutanasia relacionan la dignidad con la salud, la ausencia de dolor o la autonomía. Bajo esa idea, una enfermedad grave podría convertir la vida en algo indigno. Pero eso es reducir a una persona a su enfermedad, como si un diagnóstico definiera quienes somos. La dignidad de una persona no depende de su salud.
Para entenderlo necesitamos partir de una base: toda persona tiene dignidad intrínseca. No la recibe por estar sana, por ser independiente o por resultar útil para los demás; la recibe por el simple hecho de ser una persona. Y si esa dignidad es intrínseca, también tiene que ser invariable. No puede depender de un hecho tan frágil como la salud, porque entonces aumentaría o disminuiría cada vez que nuestra condición física cambia. Valdríamos más mientras pudiéramos caminar, trabajar, recordar o tomar decisiones sin ayuda, y menos conforme perdiéramos esas capacidades. Una persona con una enfermedad crónica tendría menor valor que una persona sana; un adulto dependiente, menos que uno independiente. Terminaríamos hablando de personas de primera y de segunda. Precisamente la dignidad humana evita esa diferencia: nos da una base de igualdad que no depende de las circunstancias particulares de cada persona.
Esto no significa que la salud sea poco importante. Una enfermedad cambia por completo la vida de una persona. Puede romper sus planes, reducir su independencia, producir miedo y obligarlo a depender de otros incluso para las actividades más sencillas. Negar todo esto sería ignorar su sufrimiento. Pero debemos distinguir entre la calidad de vida y la dignidad. La calidad de vida puede mejorar o empeorar; la dignidad permanece sin importar las circunstancias. Una persona puede estar viviendo una situación muy difícil, incluso una situación indigna por el abandono que recibe, sin que su vida se vuelva indigna.
Nuestro marco jurídico reconoce la dignidad de toda persona, la igualdad y el derecho a la protección de la salud. El orden es importante: tenemos derecho a recibir atención porque poseemos dignidad; no obtenemos dignidad por conservar la salud. El derecho debe proteger con más cuidado a quien se encuentra en una situación vulnerable, no darle una protección menor por estar enfermo.
Algo parecido sucede con la autonomía. Es importante escuchar al paciente, informarlo y respetar sus decisiones. Pero la autonomía tampoco es el origen de la dignidad. Una persona inconsciente, alguien con demencia avanzada o un recién nacido no pueden ejercer su autonomía de la misma manera que un adulto sano y consciente, y no por eso tienen menos valor. Podemos tener vida sin ejercer plenamente la autonomía, pero no podemos ejercer la autonomía sin vida.
También necesitamos revisar la manera en que vemos la dependencia. Todos comenzamos la vida dependiendo completamente de otros y, en distintos momentos de nuestra vida, volvemos a necesitar ayuda. La independencia no es una medida del valor humano. Que alguien necesite apoyo para comer, moverse o asearse no lo convierte en una carga de la que sería mejor prescindir. Significa que atraviesa una condición distinta y que necesita más de nosotros.
Aquí es donde la dignidad deja de ser una palabra bonita y se convierte en una obligación. Si afirmamos que una persona enferma conserva el mismo valor, nuestras acciones tienen que reflejarlo. Debemos seguir tratándola como persona, escuchar lo que le duele, buscar las causas de su deseo de morir y ofrecerle los recursos médicos y humanos disponibles. Si decimos que su dignidad permanece, pero ante su sufrimiento la respuesta es acelerar su muerte, entonces esa dignidad se vuelve meramente simbólica.
Por eso hay una pregunta que no podemos evitar. Cuando una persona sana dice que quiere morir, buscamos protegerla y entender qué la llevó a pensar así. ¿Por qué debería cambiar nuestra respuesta cuando quien lo dice tiene una enfermedad? Los contextos no son idénticos, claro, pero la enfermedad no puede ser la razón para dejar de proteger. Si el problema es el dolor, el miedo, la soledad o sentirse una carga, debemos atender esos problemas. No atacar la vida.
La salud puede cambiar nuestras capacidades, nuestros proyectos y la manera en que necesitamos a los demás. Puede cambiar la calidad de vida y hacer que una etapa sea profundamente difícil. Lo que no puede cambiar es nuestra condición de personas.
Por eso la dignidad humana no depende de la salud. Si dependiera de ella, dejaría de ser un valor común a todos y se convertiría en un privilegio de quienes todavía son sanos, fuertes e independientes. Una persona enferma puede necesitar más ayuda, más atención y más cuidado, pero no, por eso, tiene menos dignidad.
